martes, 10 de enero de 2012

Barreras

Ando sin ningún destino fijo, sólo sigo las huellas que has ido dejado en la arena, con la esperanza de que acaben y te encuentre. Pero al final de tu rastro, no te encuentro, la calidez de esa playa se convierte en un muro de hormigón que obstruye mi corazón. Se ha vuelto a levantar una barrera, un muro que hace que mis pies vuelvan a tocar el suelo y dejen de volar en tu búsqueda plagada de ilusión.


Nosotros mismos nos las imponemos, la mayoría de las veces de manera inconsciente, pero son de un realismo extremo. Nos vemos incapaces de sobrepasarlas, y aunque retrocedamos para coger carrerilla e intentar saltarlas, nos frenamos en seco cada vez que llegamos delante suyo. 
Miramos hacia arriba y nos encontramos con un muro infinito, levantado por nuestros miedos y temores.


Sentados ante esa inmensa pared, con el rostro cabizbajo, nuestros ojos reflejan tristeza, impotencia y resignación por no encontrar la manera de seguir avanzando. 


Por experiencia, he estado muchas veces delante de estos muros levantados por nuestros miedos más profundos, y las primeras veces me quedé ahí sentado, intentando trazar una estrategia para poder derribarlos. Pero alguien me hizo ver que esa no era la solución. Cuanto más tiempo pasaba delante de mis miedos, más crecían ellos y esa enorme barrera. Mis lágrimas se acumulaban, y hacían de aquello un dique de contención en el que algún día podría morir ahogado por mi propio llanto.


A veces debemos confiar nuestro destino al paso del tiempo, dejar que las heridas cicatricen y ser pacientes. Esperar nuestro momento. La vida nos dará oportunidades, y si, muchas veces las perderemos si todavía no confiamos plenamente en nosotros. Esperaremos.


Pero llegará el día en que nos sintamos fuertes, y ese día, otro tren pasará por delante de nosotros. 
Parará en nuestra estación, se abrirán las puertas, y cargados de fuerza y con nuestros miedos bien cerrados en la maleta, subiremos a él.


Ya está, hemos encontrado la salida. Cuando estábamos sentados delante de nuestro muro, fuimos tan ciegos que apenas vimos el túnel por el que ahora pasa nuestro tren. Se levanta la barrera. Pasamos. Nuestra maleta viene con nosotros. 


Llegaremos a un nuevo destino, y puede que nuestro equipaje se vuelva a abrir, desatando de nuevo todo aquello que tememos. Pero si llega ese momento, ya sabemos que quedarse delante del muro no es la salida. 
Nos daremos la vuelta. Volveremos a caminar por la orilla. Esta vez, siguiendo los pasos que nos marque el dulce paso del tiempo, y esperaremos de nuevo a que el tren nos ayude a cruzar. 
Todo es cuestión se ser pacientes, nuestro momento llegará. 



1 comentario:

  1. Sin lugar a dudas somos nuestros principales enemigos. Y lo peor es que el muro está ahí y si lo intentásemos atravesar, nos daríamos cuenta de que no es más que un producto de nuestra imaginación, que es traslúcido y que podemos. Pero nos engañamos a nosotros mismos pensando que tenemos que quedarnos ahí. Si los muros son demasiado altos siempre habrá alguien capaz de derribarlos por ti.

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